De los escombros a la grandeza: Venezuela y España un lazo que ningún terremoto destruye

Ignacio Trillo Arespacochaga

Apenas han transcurrido unos días desde que la tierra de Venezuela se estremeció con una violencia desgarradora el 24 de junio de 2026. Ese doble terremoto, de magnitudes 7,2 y 7,5, con epicentro en Yaracuy y Carabobo, ha golpeado con crudeza Caracas, La Guaira, Miranda, Aragua, Falcón y otras regiones queridas. Los escombros, los heridos, las vidas que se han ido demasiado pronto… todo ello nos duele aquí también, porque vuestras lágrimas y vuestro sufrimiento tocan directamente el corazón de quienes compartimos con vosotros la misma sangre, la misma lengua y el mismo destino histórico.

Como español, os hablo desde el alma: siento vuestro dolor como si fuera de mi propia familia. Porque en realidad lo es. Nuestros lazos no son meras palabras ni recuerdos lejanos. Son lazos de sangre que vienen de siglos atrás, cuando España y Venezuela formaban parte de una misma gran casa hispana. Son lazos de fe, de familias que se entremezclaron, de apellidos que cruzaron el Atlántico y de un idioma que todavía hoy nos permite entendernos sin traducción. Son los lazos que han llevado a miles de españoles a trabajar la tierra y construir Venezuela y viceversa, y que hoy hacen que vuestros hijos y nietos encuentren en España un abrazo de acogida, no de extraños, sino de hermanos.

En medio de esta tragedia tan reciente, estáis mostrando al mundo entero de qué estáis hechos. Las escenas de vecinos sacando a personas de entre los escombros, de comunidades organizándose con lo poco que tienen para ayudar, de venezolanos en la diáspora, movilizando ayuda inmediata… eso no es solo resiliencia. Es el alma hispana que compartimos: ese inconformismo que se niega a rendirse, esa solidaridad familiar y vecinal que nos define, esa dignidad que se mantiene en pie, aunque la tierra tiemble.

Estos terremotos se suman a los años de sacudidas políticas, económicas y humanitarias que habéis soportado con una entereza que admira y conmueve. Pero, precisamente de estos golpes —los que sacuden la tierra y los que han sacudido vuestra nación— está naciendo, con dolor, mas con una fuerza imparable, una nueva Venezuela. Más fuerte. Más resiliente. Más consciente de su grandeza. Y llamada a convertirse en una potencia mundial, no solo en lo económico, sino también en lo social y en lo moral.

Vuestras raíces comunes con nosotros son la mejor prueba de que podéis reconstruir y lo haréis con creces. Esa herencia hispana —la misma que cruzó el océano hace siglos, la que compartimos en sangre, fe, lengua y costumbres— os ha forjado un carácter templado en la adversidad, un espíritu indomable que se niega a doblegarse. La historia nos enseña a ambos pueblos que, después de los grandes temblores, llegan reconstrucciones más sólidas, más justas y más prósperas, porque el dolor compartido, cuando se vive con dignidad y unidad, se transforma en cimiento de grandeza.

Vais a salir adelante, hermanos. Y vais a salir más fuertes. El talento de vuestra diáspora —esos millones de venezolanos preparados que están fuera— podrá volver o contribuir con todo su amor y su conocimiento. Vuestros recursos naturales, vuestra posición estratégica y, sobre todo, vuestra gente de corazón grande y manos trabajadoras, gestionados con libertad, instituciones sólidas y el pragmatismo que nace del sufrimiento, os permitirán renacer como un motor económico, un ejemplo social de solidaridad y un faro moral para quienes luchan por la dignidad.

El mundo os está mirando de reojo. Con admiración profunda por la forma en que, incluso entre los escombros y el duelo, os levantáis y os ayudáis unos a otros. Con un recelo respetuoso porque sabe que una Venezuela que sale más unida de estas pruebas será una potencia soberana, influyente y digna. España —la España de las raíces compartidas, de la sociedad civil que no olvida la historia ni el honor— está con vosotros. No solo en palabras, sino en el deseo sincero de que vuestra reconstrucción sea rápida, solidaria y duradera. Porque vuestra victoria y vuestro renacer son también un triunfo para nuestra civilización común.

En estos días de duelo, de rescate y de lágrimas, que sintáis el abrazo fraterno de quienes os consideramos familia. Que la ayuda llegue pronto y eficaz. Y que, cuando el polvo se asiente, quede en pie no solo lo reconstruido con ladrillos, sino una nación más fuerte, más unida y más grande, fiel a sus lazos históricos y a su espíritu indomable.

Con todo mi cariño, mi dolor compartido y mi esperanza firme en vosotros.

Tomado de El Nacional

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