Profesor Santiago Rodríguez
El tsunami electoral del pasado 31 de mayo de 2026, no sólo dejó una victoria histórica de 10.355.589 votos (43,77 %) para un outsider como Abelardo de la Espriella, sino que también significó la demolición de la derecha tradicional. Esta corriente, en su afán por capturar al votante medio o de centro, demostró que la moderación y los mensajes de “unión” fracasan bajo una lógica de polarización extrema (izquierda-derecha), abriendo así el paso definitivo al fenómeno de la nueva derecha en Colombia.
El partido Centro Democrático ha representado a este sector político desde su fundación, sin embargo, siempre —o casi siempre— ha evitado usar el término “derecha”, a diferencia del Pacto Histórico y otros movimientos de izquierda del país que hacen un uso constante de dicha palabra. Durante dos décadas, ese inmenso capital político fue administrado por el uribismo, logrando obtener tres presidencias (2002, 2010 y 2018). Esta es, quizás, la evidencia más importante de que existen varios millones de colombianos de derecha; pero, en esta oportunidad, el uribismo prefirió la teoría de Downs —el votante mediano— para maximizar su base electoral.
Su estrategia más clara hacia este votante fue elegir como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, un estadístico de perfil técnico y posturas culturales woke. Al compartir agendas ajenas a su matriz conservadora y alejarse del extremo del espectro político, terminaron ignorando el arraigo de su programa ideológico: autoridad, propiedad, descentralización, justicia y religión. Este distanciamiento abrió su propia fosa y dejó el escenario libre para una propuesta patriota radical que se mantuvo fiel a la esencia histórica, defensora de la familia tradicional que ha regido al país desde la Constitución de 1886.
Ese electorado convencional —y en gran medida multidimensional— inconforme con el gobierno petrista terminó migrando masivamente hacia la campaña de Abelardo de la Espriella, quien manejó un discurso de confrontación directa, de mano dura y sin filtros, vaciando el espacio del centro moderado. Mientras tanto, la campaña de Paloma Valencia, al concentrarse en propuestas racionales que no incomodaran al votante mediano ni a los medios de comunicación tradicionales —olvidando los algoritmos de las redes—, priorizó la validación del establishment sobre la conexión con el ciudadano que sentía una rabia legítima contra el desastre de Gustavo Petro. Esta posición tecnocrática diluyó su capacidad de representar la indignación popular contra la izquierda oficialista, un error de cálculo fatal en el contexto de la polarización actual, azuzada por Donald Trump en la región.
Las propuestas de seguridad extrema y economía de libre mercado de De la Espriella —inspiradas en líderes derechistas como Nayib Bukele y Javier Milei— conectaron con un sector de la población joven que reacciona de manera visceral en función de sus intereses económicos y de su propio proyecto de vida. Este fenómeno contrastó radicalmente con el enfoque de la fórmula Valencia-Oviedo, la cual lejos de “modernizar” el uribismo al intentar agradar al progresismo urbano, terminó originando la rebelión de sus bases, que percibieron la inclusión de Oviedo como una traición a sus principios doctrinarios. De ahí que el pasado 31 de mayo el hito de los Defensores de la Patria operara una fagocitación sin precedentes sobre las viejas estructuras, obligando a sus líderes a alinearse a la fuerza bajo una figura de la antipolítica. Lo que comenzó como una disidencia rebelde terminó convirtiéndose en el único dique de contención viable para frenar el proyecto colectivista de Iván Cepeda.
El próximo 21 de junio se definirá el futuro del país en la segunda vuelta. La maquinaria de la izquierda fracasada está temblando porque, por primera vez, no se enfrenta a un político tradicional dócil, sino a uno que asume la derecha sin complejos, junto a una fuerza patriota dispuesta a dar la batalla cultural definitiva. Colombia ya eligió el camino de la ruptura y sabrá sobrepasar cualquier intento de fraude del petrismo. El momento de defender la libertad en las urnas es ahora.













