Profesor Santiago Rodríguez
Desde la perspectiva de la ciencia política, el poder no solo se ejerce mediante el control del espacio y sus recursos, sino que también se disputa —potenciado por la evolución de las tecnologías digitales— a través del dominio del tiempo. Ahora bien, mientras la física dicta un transcurrir lineal y constante, la cronopolítica demuestra que la temporalidad se vuelve elástica, artificial y asimétrica en la dinámica del poder.
Para abordar la compleja situación venezolana tras el cambio de cúpula del régimen a partir del 3 de enero, este enfoque cronopolítico resulta una herramienta útil, aun cuando no sea el único camino analítico. En este escenario coexiste una tensión constante entre dos dimensiones temporales: el tiempo político de los actores estatales —tanto nacionales como estadounidenses— y el tiempo real de la ciudadanía. En el centro de ambas realidades se encuentra María Corina Machado, atrapada en un presentismo en el que las urgencias sociales devoran cualquier planificación a largo plazo. Su destino político dependerá de su habilidad para descifrar estos relojes, no con el fin de acoplarse a ellos, sino de detectar el momento oportuno para imponer su propio ritmo, activando las palancas de la transición antes de que la convergencia de intereses entre Caracas y Washington termine por engavetar indefinidamente las elecciones presidenciales.
El tiempo político es el de los gobiernos y las negociaciones a puerta cerrada. Se trata de un tiempo maleable que los actores en el poder buscan estirar para garantizar su supervivencia. Esa es, precisamente, la jugada del rodrigato: la dilación extrema. Su apuesta consiste en consolidar el acuerdo energético con la administración norteamericana, diluyendo la presión por un cambio democrático rápido mediante incentivos económicos. Esta maniobra cronopolítica busca ralentizar el conflicto y la acción internacional, apostando a que el calendario del gobierno republicano expire antes de que se agote su capacidad de resistencia en Miraflores.
Por su parte, para Donald Trump, el tiempo se mide en el impacto económico doméstico y el control de los flujos de petróleo. Sin embargo, mientras que para el mandatario norteamericano Venezuela es solo una pieza en un tablero de ajedrez más grande, el reloj del presidenciable Marco Rubio corre bajo la presión directa del electorado hispano. De este modo, si los días avanzan y las promesas de redemocratización se sacrifican por un pragmatismo energético, el costo electoral podría ser severo.
Es precisamente en este delicado equilibrio donde se define el futuro político de María Corina Machado. Hasta ahora, la líder de la oposición democrática ha decidido sobrellevar estratégicamente ambos juegos, aceptando de manera benevolente la hoja de ruta de Washington. Esta decisión responde a una lógica implacable: ninguna fuerza interna ha sido suficiente por sí misma para fracturar la estructura de control y represión del régimen. Entiende que una ruptura prematura con la Casa Blanca implicaría un aislamiento irreversible.
Pero, en algún punto, tendrá que vencer la inercia del presentismo que consume rápidamente su capital político. La estrategia cronopolítica de María Corina Machado no puede seguir siendo reactiva, sino disruptiva. El éxito de su liderazgo dependerá de su capacidad para descifrar el momento político con el fin de superar el estancamiento e imponer un ritmo propio, obligando a los engranajes de Washington y Caracas a moverse bajo sus condiciones.
Esto conllevará a transformar la resistencia pasiva en hechos políticos concretos sobre el terreno. María Corina Machado deberá marcar la pauta de la agenda utilizando la legitimidad de la calle para acelerar los tiempos y demostrarle al mundo que la dilación táctica de Delcy Rodríguez y el realismo transaccional de Donald Trump son insostenibles a largo plazo.
Principalmente, porque el tiempo real es inexorable. Se trata de una dimensión que no entiende de fases ni se acomoda a cálculos electorales. Su ritmo es el de la supervivencia diaria, la crisis de los servicios públicos y el agotamiento social acumulado. Si la población percibe que los acuerdos de diálogo y la flexibilización de las licencias petroleras solo genera beneficios para las élites del poder, pero no produce mejoras en su calidad de vida ni avances hacia la transición, invariablemente la desafección barrerá con todas las fichas de este juego, incluso con un liderazgo tan sólido como el de María Corina Machado.
Sólo marcando el ritmo propio alineará las urgencias de la gente con el momento político. En esta sincronización quirúrgica se juega el destino del país: o el peso del presente termina por asfixiar la esperanza, o la destreza de María Corina Machado impone el compás definitivo que abra de una vez por todas las compuertas hacia la transición democrática. Por lo tanto, la gran interrogante que define este porvenir inmediato no es hasta cuándo podrá subordinar su acción a la estrategia de Washington, sino en qué instante se verá obligada a forzar, por cuenta propia, esa ventana de oportunidad llamada Kairós.













