La necrofilia ideológica: ¿Por qué las sociedades se enamoran de las ideas muertas?

La necrofilia ideológica: ¿Por qué las sociedades se enamoran de las ideas muertas?

Por el penalista, Eligio Piva Torres.

Todos conocemos a alguien así. Una amiga que, una y otra vez, se enamora de hombres que la maltratan. O el talentoso colega que salta de un empleo a otro, porque no logra controlar su propensión a insultar al jefe. En el psicoanálisis, Sigmund Freud, lo denominó, la compulsión a la repetición: la tendencia inconsciente a volver a hacer lo que ya se hizo y que se sabe, de antemano, que arrojará unos resultados desastrosos. Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de la psique individual. Trasciende al individuo y se manifesta en colectivos, grupos políticos e incluso en naciones enteras. Sociedades enteras se entusiasman de forma cíclica con líderes cuyas propuestas ya han sido probadas en el pasado y han fracasado de manera estrepitosa. La sorpresa mayúscula radica en que estas malas ideas, que deberían permanecer sepultadas por el peso de la evidencia histórica, reaparecen periódicamente con disfraces renovados.

Para explicar esta patología sociopolítica, hace años acuñé el concepto de necrofilia ideológica. Así como la necrofilia clínica se define como la atracción sexual por cadáveres, la necrofilia ideológica representa el amor ciego por las ideas muertas. Curiosamente, esta patología demuestra ser mucho más común en la esfera política que en la sexual. Basta con encender el televisor o revisar las redes sociales para presenciar a figuras públicas enamoradas apasionadamente de unos dogmas desacreditados o que defienden unas creencias cuya falsedad ha quedado demostrada mediante evidencias incontrovertibles.

Para comprender la magnitud de este fenómeno, es indispensable analizar los ejemplos históricos concretos donde las ideas políticas cobraron un tributo de sufrimiento altísimo y, a pesar de ello, conservaron su atractivo dogmático. El maoísmo constituye un paradigma de esta desviación ideológica. Esta doctrina sociopolítica le costó la vida a más de 55 millones de chinos debido a los experimentos devastadores de ingeniería social y económica como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

En 1981, el propio Partido Comunista Chino emitió un diagnóstico institucional sumamente severo sobre la gestión de Mao al afirmar que cometió errores de enorme magnitud y larga duración y que lejos de hacer un análisis acertado de muchos problemas, confundió lo correcto con lo incorrecto y al pueblo con el enemigo, allí se centró su tragedia. Cualquier observador imparcial concluiría que una autocrítica de esta naturaleza inhabilitaría moral e intelectualmente a la doctrina para siempre. No obstante, la realidad contradice esta lógica: en un sorprendente número de países de occidente y oriente, todavía operan las agrupaciones políticas que reivindican con orgullo el legado y los postulados maoístas.

Otro caso paradigmático de necrofilia ideológica es el peronismo en América Latina. Argentina ostenta la dolorosa singularidad de ser el único país que, tras haber alcanzado niveles de bienestar y desarrollo equivalentes a los de las potencias europeas a principios del siglo XX, logró su subdesarrollo sistemático a lo largo de las décadas siguientes. En esa involución estructural influyó de manera determinante el prolongado entusiasmo popular por las distintas corrientes del peronismo. Juan Domingo Perón, perfeccionó un modelo de populismo carismático que posteriormente se replicaría por toda la región. Prometer lo que se sabe imposible de cumplir, distribuir recursos inexistentes o despilfarrar hoy lo que se necesitará mañana son los pilares de este modelo. En el siglo XXI, el chavismo en Venezuela representó la radicalización extrema de esta misma fórmula, al llevar a una nación rica en recursos a una crisis humanitaria sin precedentes.

Aunque todos los políticos, en todas las latitudes, tienden a prometer aquello que los electores desean escuchar, los populistas llevan esta táctica mucho más allá de los límites de la viabilidad institucional. En el escenario norteamericano, Donald Trump, ejemplificó a cabalidad lo que podemos denominar populismo turbocargado. Propuestas como deportar masivamente a millones de indocumentados, construir un muro fronterizo monumental o prohibir la entrada de inmigrantes basado en su religión poseen un profundo aire de familia con los nacionalismos excluyentes del pasado. Se trataba de ideas no sólo inviables desde el punto de vista técnico y legal, sino intrínsecamente ineficaces para resolver los problemas de seguridad o empleo que decían atacar. Sin embargo, la inviabilidad práctica era irrelevante: para sus bases de apoyo, estas promesas funcionaban como tótems identitarios que justificaban un entusiasmo inquebrantable.

Otro ejemplo lo ofreció Ted Cruz, durante las primarias del Partido Republicano. Su propuesta para erradicar al Estado Islámico consistía en recurrir al bombardeo de saturación masiva sobre vastos territorios de Siria e Irak. Cruz ignoraba convenientemente la naturaleza difusa del fenómeno, donde el ISIS operaba ya más como una ideología descentralizada y una red global que como un ejército convencional, así como el fracaso histórico reciente de la aplicación sistemática de soluciones militares en Vietnam, Afganistán, Irak y Libia.

Un error frecuente es asumir que la necrofilia ideológica es un monopolio de la izquierda radical o del populismo tradicional. La realidad demuestra que esta patología es transversal y democrática en su capacidad de contagio. Se manifiesta sin distinción en la derecha y en la izquierda tradicional, en movimientos secesionistas y nacionalismos cerrados, en fundamentalistas del libre mercado que ignoran fallas de mercado evidentes, así como en promotores de un estatismo voraz que anulan la iniciativa privada, y en partidarios de la austeridad fiscal punitiva o defensores del gasto infinito sin respaldo fiscal. En un mundo profundamente conectado, donde basta con teclear breves frases en un dispositivo móvil para acceder a bases de datos globales sobre los efectos históricos de una política económica, resulta desconcertante que las ideas fracasadas sigan gozando de tan buena salud.

Las razones que explican la supervivencia de las malas ideas son complejas y multifactoriales. Entre ellas destacan la necesidad psicológica de certidumbre ante los rápidos cambios tecnológicos, la globalización y la ansiedad económica, así como la disposición constante de los líderes demagogos a prometer soluciones mágicas a cambio de adquirir y retener cuotas de poder político. Como sentenció lapidariamente el ensayista, H. L. Mencken con brutal honestidad, el demagogo es quien predica doctrinas que sabe que son falsas a personas que sabe que son idiotas. Hasta que las sociedades no aprendan a vacunar su discurso público contra el atractivo tóxico del pasado, la necrofilia ideológica seguirá resucitando zombis políticos destinados a repetir los mismos sufrimientos.

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